| La revolución cubana de Marifeli
Revista Encuentro de la cultura cubana, Nº 15
La revolución cubana de Marifeli >
Jorge I. Domínguez
Esta versión en castellano, ampliada y actualizada, del estudio sobre la
revolución cubana publicado por primera vez en 1993 por Marifeli
Pérez-Stable, retiene los valores intelectuales del original y añade
otros. Debe leerse el libro, en parte, como la autora nos lo recomienda
tanto en el prefacio de la versión original como en el de ésta: «este
libro es algo más que un esfuerzo académico; es un encargo del corazón».
Sin embargo, limito este comentario a los aportes académicos de la obra.
El análisis de Pérez-Stable ya incluía, en la versión original, una
dimensión intelectual de rara y extraordinaria ocurrencia que es aún más
pertinente con el devenir de los años. A diferencia de muchos, y, por
supuesto, a diferencia de la versión oficial de la historia de Cuba,
tanto en Cuba como en Miami, Pérez-Stable insiste, inteligente y
apropiadamente, en ofrecernos una interpretación abierta, no
teleológica, de la historia de Cuba. La versión oficial en La Habana es
teleológica porque presume que la historia nacional marchaba a través de
más de un siglo para lograr la independencia nacional cuyo clímax es la
revolución que triunfa en 1959. La versión oficial de Miami es
teleológica porque presume que Cuba marchaba durante esos mismos años
hacia una prosperidad capitalista y democrática interrumpida
lamentablemente por la acción de un grupo aguerrido pero minoritario
capitaneado por Fidel Castro.
Pérez-Stable, sin embargo, nos recuerda la importancia de una
interpretación abierta de la historia. Pudo haber sido distinta. Hubo
factores, causas, estructuras, tendencias, movimientos, y personas que
pudieron, en diversas instancias impartirle a la historia de Cuba un
giro que evidentemente no tuvo, pero que no fue ni impensable ni
imposible. En particular, Pérez-Stable analiza, con detalle histórico y
pluma ágil, el posible papel que pudo haber tenido la Asociación
Nacional de Industriales de Cuba en la construcción de una economía
política distinta para el país. Explora con esmero una posible relación
entre los industriales, por una parte, y la Central de Trabajadores de
Cuba y el Partido Socialista Popular, por la otra, sobre todo en el
ambiente político inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial
cuando tal entendimiento fue pensable. Analiza, entre otros temas, las
conductas políticas de muchos, y los múltiples accidentes históricos,
que ?me atrevo a decir? «fácilmente» pudieron haber contribuido a una
historia con resultados muy distintos en los 50. Pudo haber sido
distinta la historia de Cuba también a fines de los 60 si los sindicatos
no hubieran sido, de hecho, sustituidos por el movimiento de obreros de
avanzada. Pudo haber sido distinta la historia de los 70 si el gobierno
y el partido comunista hubieran permitido la profundización y real
crecimiento de los nuevos gobiernos municipales y provinciales.
>Este enfoque intelectual, siempre bienvenido, es particularmente útil
al comenzar el nuevo milenio cuando cunden versiones «milenarias» del
futuro posible de Cuba. Hoy, así como parece siempre, las versiones
oficiales, habaneras y miamenses, de la historia del futuro de ese
pueblo insisten en análisis dogmáticos, de visión estrecha, carentes de
generosidad hacia quien fue el adversario en circunstancias muy
distintas, y una vez más de carácter teleológico. La reflexión histórica
del libro de Pérez-Stable nos ayuda a pensar tanto sobre el pasado como
sobre lo que esté por pasar. >En el tono del libro, tanto en el
original como en éste, se escucha un lamento lejano, quizás vinculado en
parte a la trayectoria política de la autora como ella lo explica en su
prefacio («durante la década del setenta ? levanté mi voz desde los
Estados Unidos a favor de la revolución»). Ese proyecto revolucionario
que, según la autora, buscaba ante todo la soberanía nacional y la
justicia social, se disvirtuó en muchas de sus dimensiones y fracasó en
muchas otras. Sin embargo, la autora también nos recuerda, y su análisis
convence, otros aspectos importantes usualmente soslayados por quienes
comparten sus criterios críticos frente al actual gobierno de Cuba.
>
El capítulo introductorio del texto comienza por citar la frase de Fidel
Castro en Santiago de Cuba el primero de enero de 1959. «¡Esta vez sí
que es la Revolución!» Pérez-Stable explica que fue una revolución
popular en que el pueblo tuvo un papel protagónico, no fue un mero
espectador, no fue víctima de engaño, y sí fue co-responsable, para bien
y para mal, de los complejos y múltiples resultados, de los éxitos, de
los fracasos, de los triunfos, y de los abusos. El gobierno
revolucionario tuvo un éxito decisivo, que perduró hasta fines de los
80: logró satisfacer las necesidades básicas de la población en un marco
de gran igualdad. Se malogra ese resultado en la década de los 90, y
nunca justificó ese resultado (ni lo propone la autora) los abusos que
se cometieron en nombre de llegar a ese logro, pero es particularmente
importante recordar esas «victorias de la revolución» al momento de
ponderar tanto el pasado como las perspectivas de Cuba.
Nos recuerda Pérez-Stable que el sistema político cubano siempre tuvo
una complejidad a veces poco apreciada fuera de Cuba. Cita reiterados
ejemplos de críticas públicas a la política oficial en diversos momentos
por personalides claves del gobierno y del partido comunista. Las más
frecuentes (y sobre muy diversos temas) provenían de Carlos Rafael
Rodríguez, pero otras incluían, por ejemplo, los intentos, eventualmente
exitosos, de la Federación de Mujeres de Cuba por modificar (y,
preferiblemente, cancelar) la lista de ocupaciones prohibidas a las
mujeres. >Asimismo, señala con gran precisión que un aspecto de una
«transición política» en Cuba ya ocurrió en los 90. Si bien las personas
que conformaban la cúpula del poder político en Cuba fueron casi los
mismos desde mediados de los 60 hasta comienzos de los 80, los cambios
de caras en la cúpula del gobierno y del partido han sido notables
durante la década de los 90. Excepto, por supuesto, por la cúpula de la
cúpula, la rotación y renovación de liderazgos llega a ser común y
corriente en el Buró Político, en el Comité Central, en otros órganos
del partido comunista, y en las diversas instancias del gobierno. Y esa
rotación no siempre implica una purga o una desgracia sino,
sencillamente, la nueva asignación de diversos cuadros a otras
responsabilidades. El sistema político cubano obtiene así un margen de
flexibilidad que comienza a prepararlo para los cambios que se avecinen
una vez muerto Fidel Castro. >
Otro aspecto de los cambios en Cuba durante la década posterior al
derrumbe de los regímenes comunistas en Europa fue la transformación de
las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Desprovistas de sus misiones
internacionalistas e incapaces de combatir fuera de Cuba ?como otrora lo
hicieron con profesionalismo y éxito, y para orgullo nacional? las
fuerzas armadas retornan a una misión interna. Se achican. Fiscalizan el
sistema político. Promueven las reformas económicas que introducen
algunos aspectos de una economía de mercado. Y logran una incidencia en
las decisiones y ejecución de políticas gubernamentales inusitada desde
los 60. >Pérez-Stable también identifica un talón de Aquiles del
proceso político, social, y económico en Cuba : «La euforia de la
revolución social no se adaptaba a la normalidad cotidiana». Esos héroes
en guerras africanas también eran capaces de ser ausentistas o haraganes
en las fábricas, las granjas, y las oficinas. Pídeme que logre lo
imposible, parecían decir, pero no me pidas que cumpla con mis
obligaciones cotidianas. Y, por supuesto, la realización de lo imposible
no es siempre posible, y los intentos por lograrlo cansan, agotan,
irritan, y, eventualmente, cesan de ocurrir. Tiene por tanto razón la
autora cuando insiste en que «el año 1970 marca el fin de la
revolución». Lo que vino después fue el socialismo burocrático.
>
Todo libro excelente es mejorable, y aún éste no debe quedar exento de
crítica. Si bien la autora reconoce reiteradamente los abusos cometidos
en nombre de la patria, de la revolución, y del socialismo, es menester,
tanto en honor al pasado tal y como ocurrió, como en preparación para
los debates del futuro, informar más sobre el presidio político en Cuba
y otras lacras de la misma índole que constituyen la otra cara de
cuarenta años de este régimen. Así también sería útil reflexionar y
profundizar más sobre palabras que cunden en el vocabulario político de
la revolución, y otras que son infrecuentes aunque claves. «Las masas,»
«el pueblo,» y «compañeros,» entre otras, son de uso común pero
conceptualmente distintas. «Cubanos» aparece también con mucha
frecuencia y, supongo, será en el nuevo siglo un concepto contestario
entre quienes son y quienes reclaman ser cubanos. «Ciudadanos», con
deberes, sí, pero también con derechos es de menos común uso en Cuba y
de mayor importancia para la década que comienza.
Por último, esa edición aún más perfecta de este libro que podríamos
vislumbrar debería decirnos algo más sobre Fidel Castro. Fidel Castro
figura en este libro en muchas formas excepto en su figura. Un lector
proveniente del planeta marte no sabría si es gordo o flaco, o si tiene
barba. Leerá sobre sus talentos carismáticos, pero no estará seguro si
es, o si fue, simpático. Sabrá que habla mucho, aunque no sabrá si habla
rápido o despacio, y dudará si era elocuente o si sencillamente tenía el
poder de obligar a su audiencia a quedarse sentada. Se imaginará por el
contenido del libro que es audaz, pero conocerá poco de sus otras
cualidades.
La figura de Fidel Castro, además, cambia sigilosamente en el libro.
Aunque la autora normalmente le llama «Fidel Castro» por nombre y
apellido, en el tercer capítulo, que según nos indica la autora al final
de la introducción es «el corazón de este libro,» le llama muchas veces,
sólo y llanamente, «Fidel». Ese capítulo trata sobre el período
1959-1961 y es particularmente apropiado que la autora le llame como le
llamó la innmensa mayoría de los cubanos. Ya para el séptimo capítulo
que trata de los 80 su nombre, cuando no es Fidel Castro, es «Castro»,
designación normal en un texto académico y sólo sorprendente aquí por el
cambio que señala. No sé si este camaleonismo apelativo refleja que el
«corazón» de la autora estuvo en algún momento en el «corazón» de su
libro. Parece ser, generalmente, un cambio onomástico quizás
inadvertido. Pero, al terminar el libro, parece ser intencional. En la
última página del texto, escribe: «...mientras que el revolucionario
Fidel había consolidado una Cuba de mayor igualdad y soberanía, el
caudillo Castro estaba destruyendo el legado de la revolución». Y, si
así fue, es preciso que la próxima edición de este libro nos narre,
describa, analice, y reflexione más sobre la figura de Fidel, la figura
de Castro, la figura de Fidel Castro, y las múltiples personalidades y
talentos benévolos y malévolos que lo convierten en el ser de mayor
importancia en la historia de Cuba.
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