Víctor Batista Falla (La Habana, 1933) procede de una familia de hacendados y banqueros cubanos. Estudió en las universidades de La Habana y Villanueva, en Cuba, y en las norteamericanas de Yale y Columbia. Dirigió y financió la revista Exilio (New York, 1965-1974) y financió la revista Escandalar (NY, 1980-1985). Dirige y financia desde 1998 la Editorial Colibrí (Madrid) especializada en ensayos de tema cubano. Esta entrevista fue el último trabajo que hizo para Encuentro de la cultura cubana, su director y fundador, Jesús Díaz.
Jesús Díaz: Víctor, ¿cuáles son tus antecedentes en términos de inquietudes intelectuales todavía en Cuba antes del triunfo de la revolución castrista? Tengo entendido que tu hermano Laureano inició las tertulias en tu casa, que tú luego continuaste.
Víctor Batista: Mi hermano y yo teníamos amigos comunes, profesores de los dos en Villanueva, y él tuvo la idea de tener unas reuniones bastante informales los domingos por la tarde una vez al mes en nuestra casa. Invitábamos a personalidades, empezando con profesores de la Universidad, y entre trago y trago, se conversaba hasta las diez de la noche o las once... y eso lo hicimos durante dos o tres años en los cincuenta. Ya en el 58 la situación en Cuba no era para dar tertulias de ese tipo. Recuerdo que invitamos a personalidades como Mañach, Baquero, Cintio Vitier... para que hablaran de lo que quisieran. Era una apertura al mundo de la cultura en las mejores condiciones, porque yo supongo que ellos iban a nuestra casa no por mi hermano ni por mi, sino por lo que significaba mi familia.
J.D.¿Cuántos asistían como promedio?
V.B.: Veinte o treinta, no más de treinta. A veces éramos quince, dependía. El día de Mañach, se aparecieron muchísimos amigos que nunca hubieran ido de no ser por eso.
J.D.: Es el período tuyo previo al exilio. Tú te vas al exilio ¿cuándo?
V.B.: En agosto de 1960.
J.D.: O sea, en el año 1959 no tienes ninguna actividad...
V.B.: Estaba, creo, en tercer año de de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana.
J.D.: Y allí mismo, ¿había actividades?
V.B.: Sí, cómo no. Pero fíjate que era el comienzo de la revolución, había un fervor, por un lado, e inquietud, temores. Yo estaba muy activo. Recuerdo que el presidente de Filosofía y Letras era Ricardo Alarcón... y yo era uno de los delegados de los cursos de primer año, y colaboré en la revista del Departamento de la Facultad de Filosofía y Letras... Escribí un articulito cuando llegó Sartre a Cuba, me pidieron un articulito explicando quién era Sartre.
J.D.: Tú sales de Cuba en el sesenta... ¿qué edad tenías entonces?
V.B.: Veintisiete años.
J.D.: Y te vas a Nueva York.
V.B.: Viví en Nueva York doce años por lo menos.
J.D.: En 1965, fundas, financias y diriges la revista Exilio.
V.B.: Hombre, eso era una extensión de unas tertulias que hacíamos allí, con muchos amigos, más que nada, pintores, ... y de allí surgió la idea de hacer una revista. Recuerdo a un pintor que se llama Sergio Alarcón, que fue el maquetador, el diseñador de la revista en los primeros números... después la abandonó. Otros fueron Gabriel Sorzano, Ricardo Pedreguera. Waldo Balart colaboró un poco después. Waldo a su vez hacía tertulias en un piso muy atractivo que tenía en el Village. A esas yo asistía, pero esa era ya una cosa mucho más dentro del ambiente hippy, beatnik, el ambiente de la contracultura americana. Tenía que ver con el mundo de la plástica, y nada que ver con Cuba directamente. Allí iban latinoamericanos, americanos... eso era otra cosa.
J.D: Y ¿por qué existiendo ese mundo que, en apariencia al menos, es muy atractivo... este mundo hippy, beatnik, internacional, cosmopolita, etc... tú decides crear una revista como Exilio, con una vocación de cultura cubana?
V.B: Hombre, lo mío ya era una cosa obsesiva. Yo no aceptaba que me echaran de Cuba. Se puede decir que me echaron; yo salí por mis piernas pero me fui porque sentí amenazada mi libertad personal. Lo de Cuba era una cosa obsesiva. No participaba en ese mundo que, como tú dices, era atractivo, hay que reconocerlo... el mundo de la contracultura. Luther King estaba muy de moda en ese momento. Los Beatles... yo estaba ahí recién llegado cuando los Beatles aterrizan primero en Nueva York y hacen un concierto apoteósico. A mí todo eso me parecía una cosa ajena. Tampoco era mi generación. Ya yo tenía 28 años cuando todo esto, y ellos eran casi 10 años más jóvenes que yo. Hubiera podido introducirme en eso como hicieron tantos cubanos. Pero yo no estaba para nada interesado en ese mundo.
J.D: ¿Quiénes fueron los primeros colaboradores cuando se funda Exilio? Ese núcleo inicial.
V.B: Tuvimos que improvisar un cuerpo de redacción. Se me criticó mucho el nombre, porque según decían tenía unas connotaciones demasiado circunscritas a lo político, cuando yo estaba pensando en una revista de Ezra Pound, que se llamaba Exilio también, y que tampoco era política. Ahí tuve que salir a la caza de escritores. Conocí a Raimundo Fernández Bonilla, que fue codirector conmigo y fundador de la revista; eventualmente a Carlos Luis, recién llegado al exilio, y que también se incorporó. Posteriormente, cuando volvió de México donde había estado trabajando, empezó a colaborar el músico Julián Orbón, que además era un gran animador de la revista. Fuimos poco a poco creando un cuerpo de redacción que tenía cierta dirección, una cierta orientación.
J.D: Hubo también en ese período una cierta disidencia con... ¿cómo fue la historia de la Revista Cubana y...? ¿eso no corresponde al primer período?
V.B: Eso correspondería al primer período, sí. Hay dos períodos. Hay uno que es todavía más combativo, más ideológico, buscando una definición, digámoslo así.
J.D: ¿Una definición de qué?
V.B: Una definición de lo que es la identidad cubana. En última instancia estábamos buscando por reacción a lo que estaba sucediendo en Cuba. Y buscando una identidad más admisible que la que se estaba desarrollando dentro de Cuba.
J.D: Y ¿eso qué tiene que ver, si algo tiene que ver con la Revista Cubana y la política...?
V.B: Bueno, en ese sentido, Fernández Bonilla propuso, y yo lo acepté, por supuesto, escribir una serie de trabajos que tendrían como título genérico Hacia una interpretación de la historia de Cuba. Y bajo ese título escribió varios artículos. El primero fue una especie de interpretación filosófica de la historia de Cuba que partía de una concepción digamos más pesimista de lo que era la tradición filosófica cubana de un pensamiento positivista que, junto con el liberal, presidió los destinos del país hasta 1959, y lo enmarcó dentro de un contexto exclusivamente económico y social.
J.D: Y ¿qué quiere decir una interpretación pesimista?
V.B: Como diciendo que eso iba en contra o perdía el hilo con una tradición anterior Y esa tradición positivista fue cuestionada por este ensayo larguísimo de Fernández Bonilla. Eso crea una reacción en el exilio cubano en EEUU y propició que Carlos Ripoll le contestara y Humberto Piñera también.
J.D: ¿Cuántos números publicó la Revista Cubana?
V.B: Dos números.
J.D:¿Y Exilio?
V.B: Creo que fueron 28. A lo largo de nueve años, con pequeñas interrupciones en el ínterin. 28 corresponderían a siete años porque era trimestral. De haber mantenido la regularidad hubieran sido siete años pero se prolongó a nueve.
J.D: ¿Cómo se financiaba y se distribuía la revista?
V.B: Se financiaba con los medios particulares que yo tenía de mi familia. La distribución era muy errática. Yo no creo que sobre eso podría darte una respuesta muy explícita. Teníamos subscripciones. Cayeron muchas después de ese número, digamos, conflictivo, a partir de ese ensayo conflictivo. Al principio despertó bastante interés, que luego decayó. En parte debido a la orientación de la revista y después, en parte también, por cansancio, o porque cambió completamente su orientación. Ya no nos metimos a tratar esos temas de forma tan preponderante, y era una revista muy abierta a todas las tendencias. Lo que buscábamos era la calidad intrínseca de los trabajos, no precisamente una dirección determinada.
J.D: ¿Era una revista principalmente de política anticastrista?
V.B: No, para nada. Ni siquiera en segundo plano. El subtítulo era: Revista de humanidades. También un subtítulo muy discutido y muy poco satisfactorio, pero era lo que más se acercaba a lo que queríamos hacer. Ni una revista literaria, ni una revista científica, ni una revista académica, sino que cubriera todo el espectro de la cultura.
J.D: Ese período de 1965-1970 tiene que haber sido particularmente duro para el exilio en general y para el exilio intelectual, particularmente. Algunos grandes nombres se fueron de Cuba desde muy temprano. ¿Cuáles de ellos colaboraron con Exilio?
V.B: Yo pienso que todos. Los grandes nombres, los únicos que se me ocurren. Lo que ocurre es no colaboraron con asiduidad, excepto Lino Novas Calvo, quien lo hizo con una modestia realmente ejemplar, muy propia de él. Continuamente nos enviaba cuentos, reseñas, artículos o ensayos. Un ensayo sobre Lidia Cabrera, por ejemplo, salió en un número. Le hicimos una entrevista también en un número posterior. Lino era un colaborador asiduo. La propia Lidia colaboró una vez, al principio, y después no más. Yo creo que en parte porque no le gustaba nuestra orientación. La revista era de un catolicismo, si tu quieres, heterodoxo. Estábamos dentro de la estela de Orígenes, ten en cuenta eso, que nos limitaba pero al mismo tiempo nos daba una cierta consistencia.
J.D: Aparte de Lino y Lidia, ¿qué otros colaboraron?
V.B: Gastón Baquero, Ramón Ferreira, Humberto Piñera, que después de la Revista Cubana, se incorporó al Consejo de Redacción de Exilio y fue un colaborador frecuente.
J.D: ¿Cómo era recibida la revista por el exilio político más radical?
V.B: En buena medida fuimos ignorados a lo largo de nuestra trayectoria. Después hubo cierto reconocimiento, porque se hizo más ecléctica, se amplió, cambió el formato, a formato de libro.
J.D: ¿Esa nueva etapa cuándo empieza?
V.B: Creo que en 1970, con motivo de la primera reunión del Instituto de Estudios Cubanos, que dirigía María Cristina Herrera. El IEC nos pidió, puesto que no tenía los medios, que si nosotros estábamos dispuestos a publicar los resultados de ese Congreso. Y fue la primera conexión con un mundo académico, mucho más volcado en las ciencias sociales y políticas que lo que nosotros habíamos estado anteriormente, inmersos en una cultura más humanista, menos pragmática y menos académica.
J.D: De algún modo, el primer número del segundo período de Exilio publica, digamos, las actas del primer congreso del IEC. Y es ahí donde ustedes también cambian el programa. El primer período entonces habría durado aproximadamente cinco años. ¿Cómo caracterizarías ahora ese primer período?
V.B: Fue un intento de ir a los fundamentos de lo que era la identidad de Cuba, identidad más allá de la política, pero vinculada a la política como es natural, y una búsqueda que en realidad era imposible de realizar, pero que fue un intento de buscar unas raíces que fueran más allá de la tradición liberal y revolucionaria, aunque sin negarlas.
J.D: ¿En qué tema indagaron, en el tema de la democracia, en el tema negro? ¿Otros géneros, como la poesía por ejemplo, estuvieron presentes?
V.B: No, el tema negro ni se tocó, la verdad, más bien en los temas filosóficos. Claro, una de las cosas más satisfactorias de la revista fue que dimos cabida a nuevos valores, a gente que salía también, muy jóvenes, y que no tenían medios de publicar, cubanos que estaban escribiendo en español en Estados Unidos en ese momento. Recuerdo a José Kozer y a Octavio Armand. Ellos publicaron con alguna frecuencia desde el primer momento. También había grupos de poetas que tenían sus propias revistas que se hacían en Nueva York en ese momento, pero exclusivamente de poesía o muy literarias y muy puntualmente de sus temas y ahí también ellos colaboraban con nosotros. También dentro del campo de la literatura, pero por medio de las ciencias sociales. También publicaban con nosotros autores que estaban en otra línea ideológica, si quieres, como Lourdes Casal.
J.D: ¿Crítica literaria? ¿Artes plásticas?
V.B: Crítica literaria, claro, José Olivio Jiménez hizo una memorable reseña sobre Memorial del testigo, de Baquero. Se publicaban reseñas constantemente. En lo que se refiere a las artes plásticas, durante la primera etapa incorporábamos ilustraciones de pintores que estaban en el exilio. Después se convirtió en un formato de libro y más académico. Una gran diferencia también es que en la primera etapa nada más colaboraban cubanos, en parte obligados por las circunstancias. No intentábamos siquiera buscar otras colaboraciones.
J.D: ¿Cómo era publicar una revista en los años 65 y 70? El exilio cubano estaba demonizado.
V.B: Tan demonizado pero también tan demonizante o más bien, tan traumatizado. Estaba volcado en lo político. De cierta manera, lo único que le podía interesar era cuándo caía el tirano. Ese era, digamos, el foco de su interés. Pero para nosotros era fácil sacar una revista saneada económicamente.
J.D: Económicamente, pero intelectualmente, imagino que?
V.B: Intelectualmente, mucho de lo que valía en ese sentido en EEUU y particularmente en Nueva York, iba a parar a Exilio.
J.D: ¿Y la relación con intelectuales no cubanos?
V.B: No existía. Se daba por hecho que los intelectuales no cubanos ni siquiera reconocían la posibilidad de que hubiera una revista semejante. Ni siquiera lo tenían en cuenta. El mundo académico americano sí recogía un poco eso. El mundo académico americano, yo pienso, sin mucho criterio selectivo, era de una voracidad tremenda, acumulaba todo. Me refiero a los suscriptores: hemerotecas y bibliotecas. Pero en cuanto a colaboraciones con la intelectualidad europea, latinoamericana, no había absolutamente ninguna resonancia. El propio Lino Novas Calvo no existía en la literatura hispanoamericana en ese momento, no se le tenía en cuenta. Cuando había congresos del mundo académico americano, donde se suponía que participaran personas con ponencias sobre escritores, yo recuerdo que no se admitían ponencias sobre Lino Novas Calvo.
J.D: ¿No se admitían?
V.B: Sí, se le rechazaba, sobre todo del Lino que estaba en ese momento escribiendo en Nueva York y que estaba publicando.
J.D: Y desde luego tampoco existía Lino para el público, siendo uno de los padres.
V.B: De los antecesores, claro, y de los grandes. Él estaba proscrito, era tabú.
J.D: Y si Lino estaba tabú, qué decir de Ferreira o de otros. Vamos a ver, el segundo período de Exilio me dijiste que duraba del año 1970 al 1977, ¿no?
V.B: No, hasta el 1974. Después del primer congreso del IEC. Hubo una apertura hacia colaboraciones extranjeras. La situación de la revolución y la situación internacional habían cambiado en esos años y se podía abrir más a colaboraciones extranjeras.
J.D: Hay una hipótesis de la que participan varios autores, sobre el fin de la revolución propiamente dicha hacia el 70.
V.B: Sí, a partir de ahí ya todo cambia. Hay un cambio en la intelectualidad. En la revista empiezan a aparecer ensayistas: María Zambrano, Ferrater Mora, Julián Marías, Anderson Imbert, Casalduero, son nombres que yo recuerdo en este momento. Hay más.
J.D: Hay algo incluso de Iván Schumann, y de Gabriel Marcel.
V.B: Mario Parajón le hizo una entrevista a Gabriel Marcel un año antes de que muriera, que se publicó en dos partes por lo extensa que era. Estaba muy en la línea nuestra de seguir un pensamiento católico no ortodoxo, porque para nada éramos ortodoxos. En ese sentido nos manteníamos dentro de una línea muy post origenista, por llamarlo de alguna manera.
J.D: ¿Cuáles son entonces, digamos, las diferencias entre el segundo período y el primero? Ante todo, se abre a una intelectualidad no necesariamente cubana. ¿Temáticamente hay también apertura? Yo recuerdo haber leído un trabajo muy interesante sobre la situación en Chile.
V.B: Era de un chileno que conocimos aquí, sí. Es verdad; con muchos datos estadísticos, muy interesantes. Era de un chileno llamado Troncoso que estaba aquí en ese momento en el exilio y que estaba muy bien informado, que tenía que ver con la emigración, la inmigración con motivo del golpe de estado, etc.
J.D: Eso ya tiene que ver también con una apertura temática hacia Latinoamérica, a ciertas situaciones latinoamericanas. que también son importantes.
V.B: Por supuesto. Hubo un número dedicado a Brasil, donde le pedimos colaboración a distintos escritores brasileños algunos de los cuales estaban en Nueva York, enseñando en universidades americanas. Ahí publicaron algunos autores brasileños que luego han sido importantes, como Ruben Fonseca, Dalton Travisán, varios críticos literarios que son muy conocidos en Brasil y que yo descubrí con motivo de este número.
J.D: ¿La revista en algún momento se traslada a España?
V.B: No, nunca. El que se trasladó fui yo y eso también tuvo que ver con que perdiera un poco la revista el rumbo, porque yo me fui por razones más bien personales a vivir a España en el 72, 73, y entonces se empezó a imprimir aquí, estando yo aquí, ya me era mucho más factible imprimir en España. Pero desde luego el público lector, los lectores de la revista, estaban en EEUU. España ni siquiera estaba muy abierta a eso. Aquí había poco ambiente en ese momento de cubanos. Yo tenía quien se ocupara de la distribución en Estados Unidos, pero yo estaba aquí. Y como yo era el que prácticamente dirigía aquello, hubo una especie de desfase que incidió en que la revista cesara de publicarse en el 74, creo, con un número dedicado a Florit,. Ese fue el último.
J.D: ¿Cuál fue para ti lo más duro de dirigir y de ser el espíritu de la revista?
V.B: Pues en una revista yo creo que lo más complejo y lo más decisivo es la selección de las colaboraciones. Pero eso lo sabes tú mejor que nadie. Siempre el criterio de selección es muy difícil, prácticamente imposible, nunca se sabe bien si uno acierta. En última instancia es en alguna medida arbitrario. La revista tenía un consejo de redacción que consistió en cinco personas y, salvo en casos muy obvios, yo le enviaba los manuscritos al Consejo, a cada cual, para que me dieran su opinión, si se debía publicar o no.
J.D: ¿Cómo llevaste la soledad?
V.B: Al principio muy difícilmente. Lo veía todo muy difícil, primero porque yo no me sentía capacitado para semejante empresa, Darme a respetar incluso entre los mismos colaboradores. Yo era el que pagaba, y corría el riesgo de que para ellos no fuera más que eso. Supongo, ¿no? Me cuesta saber cómo me veían. Entonces, siempre es difícil si tú no tienes ya una personalidad desarrollada en el mundo intelectual.
J.D: Por contra, ¿qué fue lo más grato de dirigir Exilio y encima financiarla?
V.B: Lo que Lezama dice de Orígenes: para él lo más grato era el día de salida de la revista, que era como el pan recién salido del horno, el olor a pan, en este caso el olor a tinta, eso. Tener el número en la mano, mirarlo, releer. algo en lo que uno ha participado y que en alguna medida ha creado.
J.D: ¿Por qué se dejó de publicar?
V.B: Hay muchas razones. Una de ellas fue que me fui de EEUU y ese era el lugar donde se creaba el ambiente, el caldo de cultivo de la revista, los colaboradores estaban ahí, era donde uno tenía más o menos la posibilidad de conseguir nuevas colaboraciones. Y estando fuera ya me aislaba mucho del mundo intelectual. En España todavía se vivía bajo el franquismo, había muy pocos cubanos con una proyección digamos cultural, intelectual, y me aislé mucho. Por otro lado, una de las consecuencias del cambio y de la apertura era que se había convertido cada vez más en una revista con una tendencia académica y en ese sentido, bien, porque había colaboraciones de calidad, pero perdió un poco la razón de ser: indagar en las raíces.
J.D: Después de que Exilio deja de publicarse, ¿tú vuelves a tener relación con revistas cuando empiezas a financiar Escandalar, ¿qué tiempo pasó entre uno y otro proyecto?
V.B: Cinco o seis años, no mucho más.
J.D: ¿Cuál fue tu participación, tu influencia?
V.B: Más bien económica. Octavio Armand, que era el director, me informaba en cierta manera, en algunos casos me consultaba, pero realmente él era el que llevaba la direccion. Yo asesoraba en alguna medida. Más bien le daba sugerencias.
J.D: Escandalar fue como Exilio, cada una en lo suyo, una revista que marcó un período. ¿Cuáles serían las diferencias principales entre ambas?
V.B: Escandalar era una revista mucho más literaria y mucho menos dada a las ciencias sociales, entraba, pero muchísimo menos, en la cosa política e histórica. Era una revista mucho más volcada hacia la poesía o el ensayo de crítica literaria o incluso plástica, artística. Estaba muy dentro de la onda de la revista Tel quel, dentro de la cosa postmoderna.
J.D: ¿No pudiéramos caracterizarla también como postorigenista, no tenía esa impronta?
V.B: Para nada. En lo absoluto. Era una revista mucho más latinoamericana o internacional, con muchas figuras internacionales de primera fila, a pesar que de los colaboradores cubanos --que no eran muchos, por cierto-- dos de los más asiduos estaban muy vinculados al orígenismo: Lorenzo García Vega, que también había colaborado mucho en Exilio, y Severo Sarduy. Eso le daba un cierto tono cubano a la revista. Pero era una revista mucho más volcada en lo poético.
J.D: Luego, hubo una polémica con Angel Rama, ¿no?
V.B: Hubo una polémica con Angel Rama que tenía que ver con un ensayo que publicó Octavio Armand, hablando de cómo el exiliado cubano había sido borrado del mapa de la cultura y Angel Rama contestó, y hubo una polémica curiosa. Era la primera vez que se debatía a esos niveles el tema del exilio cubano. Se le daba carta de ciudadanía, por llamarlo de alguna manera.
J.D: ¿De qué año estamos hablando?
V.B: Debe haber sido el 83, ochenta y pico. Antes del ochenta y cinco.
J.D: Sin embargo, hay un número cubano de Escandalar.
V.B: Fue un número especial y uno de los últimos, por cierto.
J.D: ¿Quiénes contribuyeron a ese número?
V.B: Muchos de los que estaban fuera y se habían destacado en la cultura cubana. Creo que eran más de veinte colaboradores, una lista impresionante.
J.D: ¿Y se incluía a alguien que estuviera dentro?
V.B: Puedes creer que no me acuerdo. Yo no sé, es posible, pero sería muy excepcional.
J.D: Mi impresión es que no, francamente.
V.B: Yo creo que no. Te diría que en Exilio tuvimos la suerte, el azar nos permitió que sí publicáramos alguna colaboración de personas que estaban en Cuba. Y eso que en aquel momento, estamos hablando de principios de los setenta, era muchísimo más arriesgado.
J.D: Ah, no sabía eso.
V.B: Sí, Prats, una poesía de Delfín Prats salió publicada. Creo que a Manuel Ballagas lo publicamos estando todavía en Cuba. Pero eso fue muy excepcional. Nos llegaban a veces de forma clandestina y era difícil averiguar hasta qué punto la persona en cuestión estaba de acuerdo con que se publicara en una revista tan significada. En Escandalar, que yo sepa, nadie de Cuba.
J.D: Cuánto duró Escandalar?
V.B: Cinco años: del 80 al 85, aproximadamente; creo que empezó en el 80.
J.D: O sea, que hubo unos cinco años entre el final de Exilio y el comienzo de Escandalar, y Escandalar misma duró cinco años. Después de Escandalar, ¿hay otro período de hibernación tuya, digamos, en el terreno de las letras?
V.B: Sí, en el terreno de las publicaciones. Y dura doce años. Desde el 86. hasta el 98, cuando empieza la Editorial Colibrí.
J.D: ¿Qué te propones con Colibrí? No haces una revista como habías hecho hasta entonces.
V.B: No, porque tampoco se presenta esa necesidad. En primer lugar, hay una revista, que es Encuentro. Sin embargo, sí había una necesidad de publicar libros. Era una cuestión de oportunidad. Fue la oportunidad. Surgió por ti, porque tú me lo propusiste. A mí me pareció muy acertada la proposición.
J.D: ¿Cuál es tu concepción de Colibrí? ¿Qué buscas con Colibrí?
V.B: Colibrí empieza siendo la oportunidad para publicar unos libros que tú mismo me propones como valiosos. Son libros de ensayos sobre Cuba. Los primeros, por los cuales se lanza la editorial sin saber qué vendría después El arte de la espera, de Rafael Rojas y La Revolución Cubana, de Marifeli Pérez-Stable.
J.D: Pero después sigues por ese camino.
V.B: Ese era el principio del camino, lo que no sabíamos era qué nos íbamos a encontrar después. Y encontramos una mina, un venero ahí de publicaciones escritas por cubano-americanos, sobre temas cubanos que se habían publicado ya en el mundo académico norteamericano, que se habían publicado en inglés. Entonces fue muy oportuno poder recoger estos libros de indiscutible calidad y verterlos al español. Empezamos a publicar a González Echevarría, a Pérez Firmat, etc. Desde un primer momento sacamos un encarte, no tengo que decirte quién lo escribió, o qué se proponía. el encarte está por ahí, si quieres lo buscamos, son tus palabras, además. Desde el primer momento la intención general era publicar ensayos sobre Cuba.
J.D: Pero, ¿qué buscas con eso? ¿Qué ha objetado, por ejemplo, que no publiques novelas, que no publiques poesía?
V.B: Por varias razones, primero porque en la década de los noventa hay un resurgimiento, por lo menos fuera de Cuba, de indagar sobre la identidad cubana, a todos los niveles y en distintos aspectos, y el aspecto menos trabajado, menos frecuentado, es el del ensayo, el de la reflexión sobre el tema. La narrativa es mucho más gratificante y mucho más aceptada por el público y para ella siempre existen canales. Pero para el ensayo, tan importante o más que la narrativa, muchísimo más especializado y con menos salida, no había casi ninguna vía.
J.D: ¿Qué arco de diferencia trazarías tú, como director de ambos esfuerzos intelectuales, entre Exilio y Colibrí? ¿Qué arco de maduración?
V.B: Exilio recoge, junto con otras publicaciones, lo que había en un exilio que, aunque bastante desorientado, tenía valores morales e intelectuales. Ahora las circunstancias han cambiado, ya no son las personas que tuvieron que ver con Exilio, aparte de que algunas sí han sido rescatadas por Colibrí, como por ejemplo el caso de un libro de ensayos de Julián Orbón. La mitad de los ensayos que componen ese libro fueron publicados en Exilio, y son por tanto prácticamente desconocidos.
J.D: Tú me has dicho que Exilio fue una publicación con una fuerte influencia católica liberal, digamos. Un catolicismo abierto.
V.B: Liberal no, no emplearía la palabra liberal por las connotaciones que tiene tan específicas dentro del mundo de la cultura, pero sí un catolicismo heterodoxo.
J.D: Heterodoxo, no sectario.
V.B: No confesional, desde luego.
J.D: ¿Se puede decir que Colibrí es una editorial católica no confesional?
V.B: Yo creo que no. No tiene nada que ver. En primer lugar, Exilio estaba dentro de la estela de Orígenes porque los que conformamos la revista habíamos sido formados dentro de ese ambiente. Y algunos de ellos habían sido directamente participantes de Orígenes, como Orbón, García Vega, Carlos Luis también, sin olvidar a Mario Parajón, que vino al final. El caso de Colibrí no es el mismo. Ni yo en el orden personal; en la medida en que mis preferencias actuales intervienen, tampoco me siento ya adscrito a esa influencia. Aunque yo todavía disfrutaría leyendo a G. Marcel más que a Sartre, por ejemplo.
J.D: En el orden temático, me llama la atención que Colibrí haya publicado por ejemplo un libro dedicado a indagar sobre la cultura negra y sobre la represión que se ha ejercido contra ella. Y esté a punto de publicar otro libro centrado en el tema de la mujer. También se publicó el libro sobre la mal llamada "Guerra de las razas", sobre la masacre. ¿Hay un arco, entonces, de diferencia temática también?
V.B: Desde luego que sí. Los temas raciales en la época de Exilio que yo sepa no se tocaban. El libro de Fermoselle sobre la guerrita del 12 (Política y color en Cuba) era su tesis de doctorado y se publica en los años 70 cuando ya Exilio prácticamente no existía. Un fragmento de ese libro hubiera cabido perfectamente en la revista, y esa fue la primera vez que se tocaba con ese grado de seriedad o de investigación un tema racial relacionado con Cuba, al menos en el exilio. Dentro de Cuba, esa es otra historia. Sí, son temas impostergables. Como, por ejemplo, el tratamiento que da José Hernández a las guerras de independencia (Política y militarismo en Cuba), considerando la responsabilidad cubana en su desenlace No limitarse a demostrar que a Cuba le habían robado los norteamericanos la independencia, sino hasta qué punto los cubanos mismos posibilitaron ese desenlace. Un tema tratado generalmente dentro de la historiografía cubana de una forma tendenciosa.
J.D: Una última pregunta, ni Exilio hasta donde sé, ni Escandalar, ni Colibrí, son empresas económicamente rentables. Entonces ¿por qué te metes en ellas?
V.B: Yo vuelvo a lo que te dije antes. Quiero saber quién soy. Yo no soy yo solo, yo no soy sólo un individuo, yo soy mucho más. En mi juventud estudié en varias universidades. Nunca las terminé, bueno, la educación no se termina, ya se sabe, pero aunque hubiera terminado, no iba a encontrar allí la respuesta a la pregunta de quién soy. Entonces, la tenía que buscar a través de mis propias lecturas, yo tenía que crearme mi propia biblioteca, y creo que lo que he publicado hasta ahora ha sido una continuación de esta biblioteca, para mí, imprescindible. Ahora, por último, ya que me mencionas que no es rentable, efectivamente, no es rentable ni se pretende que lo sea. Por eso se me ve como una especie de mecenas. Pero yo quisiera verme más como un editor que como un mecenas. Yo me considero más un editor y me parece que tiene más interés ser un editor que un mecenas, ¿no?